OLVIDARSE EL MÓVIL.

viewerCLAROSCURO 

Casualmente, frente al puente de Camprodón, me encuentro con un compañero de estudios. Para celebrar el azar del reencuentro, le propongo pasear por el paseo Maristany, el mas elegante de Catalunya. Prefiere sentarse en una terraza de la plaza del Doctor Robert y pasamos unas horas charlando ante unas Moritz, a la sombra de los plátanos. Era un muchacho de ojos vivaces; todavía lo son, aunque hundidos en un rostro devastado.¿Qué tal te ha ido la vida?, pregunto. “ Ahora estoy arruinado, como todo el mundo, pero durante años he triunfado en los dos aspectos esenciales de la existencia masculina: sexo y dinero”. ¡ Caramba. exclamo yo, con deje irónico. Sin darse`por aludido, el tipo dispara un monólogo que solo detendrá para regalarse ávidos sorbos de cerveza.

Comienza explicando que, “sin dejar acompañar a una incierta cantidad de señoras”, ha tenido tiempo de casarse dos veces, “ambas con final feliz”. “No te diré a  qué tipo de negocios me he dedicado porque te veo capaz de contarlo en La Vanguardia. Lo mejor de mi vida son mis aventuras. Y no te confundas: sigo en la brecha: ¡Todavía me despierto en camas ajenas! ¡Y mas a menudo que mis hijos!”

No hace mucho, cuenta, saliendo a las tres de la madrugada del piso de una amante, se metió en el ascensor: la máquina arrancó, pero se paró enseguida. “No podía abrir, no podía bajar; me había olvidado el móvil en casa de la mujer y, si pedía ayuda a gritos en plena noche, habría provocado un escándalo. El marido tenía turno de noche y debía llegar a las pocas horas. A oscuras, sentado de mala manera, conseguí dormirme”. ¿ No estabas nervioso? “ Estaba satisfecho y fatigado. Había pasado unas horas de agradable desgaste físico: mi cuerpo reclamaba descanso”. A primera hora de la mañana, un hombre lo despertó. Amabilísimo, llamó con su móvil al servicio de urgencia y le hizo compañía durante el tiempo que tardó el técnico en llegar. ¿Era el marido?” En efecto: lo era”. ¿Y de qué hablasteis?. “De futbol, de la crisis, de los inconvenientes de vivir en una escalera con el ascensor antiguo”. Se cayeron bien. Cuando finalmente mi compañero logró salir del ascensor, el marido lo invitó a tomar algo caliente en su casa.

La mujer preparó para los dos un desayuno de tenedor. “Y fue ella quien, sentada junto al  marido, y mientras por debajo de la mesa me devolvía el móvil que yo había olvidado en su tocador, preguntó: ¿Qué hacía usted a altas horas de la noche en nuestra escalera?”. El amable marido intervino, diciendo: “ ¡Mujer !, que eso no se pregunta…! Usted bajaba del ático, ¿verdad?”, afirmó guiñando un ojo con disimulo. La mujer aprovechó la ocasión: “¿ Y tú cómo sabías que hay señoras en el ático?”. Mi compañero aprovechó la embarazosa duda que esta pregunta suscitó en el buen marido para largarse. Con el estómago lleno, el cuerpo magullado y la batería del móvil cargada.

Muchas gracias a Antoni Puigverd, columnista de La Vanguardia.

 

John Starling.

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