LA ALFOMBRA AMARILLA.

1149 P Con frutos negros 200920091340 

Durante dos días seguidos en Catalunya nos azota un temporal de levante y no cesa de llover. Esta mañana cuando he bajado a la calle para recoger la Vanguardia me he llevado una agradable sorpresa: el suelo estaba tapizado por una alfombra amarilla tejida con hojas de almez o lironero. Había también una infinidad de bolitas de color marrón oscuro, los lirones, cuyo piñol o hueso  en mi infancia utilizábamos como proyectiles disparados con un canuto de caña valiéndose de un enérgico soplido. El blanco principal era el cogote del contrario y el efecto colateral mas doloroso era recibir un impacto en una oreja.

Me he divertido mucho jugando con mis amigos en la calle a una infinidad de juegos improvisados con juguetes autoconstruidos de costo casi nulo, que nos proporcionaban momentos muy lúdicos, fomentaban las relaciones sociales, la autoestima, el compañerismo, y la capacidad creativa junto al desarrollo de las habilidades manuales.

Durante varios días las palomas de Barcelona van a tener a su alcance una comida abundante y excelente. Leía hace poco en el diario que la ciudad tiene unos 199.000 árboles en calles y plazas, y 110.000 en parques,  de los cuales el 80% son de hoja caduca; entre los de hoja peremne destacan las 11.000 palmeras.  Pienso que el almez – sustituto del plátano en las reposiciones – es el segundo árbol mas abundante, seguido de la sófora y la tipuana, y que durante estos próximos días los barrenderos van a tener un trabajo extra para evitar que las hojas taponen los imbornales de fundición como ocurre sistemáticamente junto al Paralelo que recoge el agua de la parte inferior de la izquierda del Eixample.

En el relato: “Lo Parot, el padre de los olivos” ( 7/11/2013) mostraba mi entusiasmo por conocer los árboles monumentales de Catalunya que están catalogados y protegidos, y entre ellos hay algún almez. Para mí el mas entrañable es uno que disfruté durante 12 años, en la década de los ochenta, y que está ubicado junto al Mas del Gas, en Batea ( Terra Alta) donde Josep Jordá , un cazador nonagenario que apenas podía caminar, se apostaba escondido junto al tronco para haciendo un alarde de paciencia y valiéndose de una escopeta de un solo cañón abatir alguna griva, tordo o paloma torcaz que acudían al árbol para comerse los lirones. Los demás cazadores mucho mas jóvenes y ágiles pateábamos el monte bajo y los viñedos cazando conejos y perdices. A medio día nos reuníamos todos para compartir unas costillas de cordero y unas butifarras a la brasa. Antes, en octubre, cuando aún hacía calor, nos refrescábamos en el río Algars.

Me encantaría dentro de 15 años acabar mis actividades cinegéticas de la misma manera que aquel cazador legendario. 

 

John Starling.

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