SE PARECÍA A FRED ASTAIRE…

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Desde que se casara en 1958 y hasta el día de su muerte, Gregorio Prats vivió en un piso de ensueño, a cuatro pasos de la plaza Molina. Aunque licenciado en Derecho nunca acertó a ejercer ni tampoco a trabajar en nada en particular. De mediana estatura, elegante, inteligente, esbelto, era un hombre extremadamente amable. ni rubio ni pelirrojo, su cabello, siempre peinado con esmero y de aspecto suave, era, a primera vista, se diría que rubicundo, pero en realidad el color era único, de un tono entre beige y ese amarillo pálido de los trapos de quitar el polvo que antes se vendían en las droguerías. El bigotillo era del mismo color.

En los viejos buenos tiempos, la familia de Gregorio Prats había sido muy rica, es decir, mas rica; y la de su esposa – Tati Rivera – un encanto de mujer – aún lo era. No tenían hijos. Suplieron esa falta con lo que se podría denominar culto a la amistad; es decir se desvivían por los amigos, quienes, además de ser numerosos, eran de procedencias y ámbitos singularmente dispares. Ahora bien, su verdadera religión era sin duda el bridge. Todas las tardes a eso de las cinco acudían a sus respectivos clubs de bridge, El de Tati Rivera no admitía hombres; el de Gregorio Prats se vanagloriaba de ser de caballeros. La imperiosa obligación que sentían para sus parejas de juego a veces rozaba el fanatismo. Tuviera fiebre o padeciera un ataque de lumbalgia atroz, Gregorio Prats, que se sepa, en un periodo de al menos treinta años, nunca, ni una sóla vez dejó a la suya en la estacada. Tampoco perdió o ganó jamás cantidades de dinero mayores de las aceptables.

Amén de disfrutar de amistades a prueba de bomba del mundillo del bridge, la pareja conservaba las de la infancia, la juventud y la universidad; toleraban las del barrio, y cultivaban la de una mezcolanza compuesta por magnates, artistas, diplomáticos, políticos, extranjeros de diversa ralea, intelectualoides ocurrentes e incluso alguno que otro miembro de la falsa bohemia local tan dada al disfraz. Salía mucho y a menudo recibían visitas en casa. El arroz con leche de su cocinera de toda la vida, Marta, fue elevado por los invitados a categoría de leyenda. Unos de los temas de conversación mas recurrentes en los saraos y cenas celebrados en casa era el del chaqué que vistió el anfitrión el día de su boda con Tati Rivera. Pero no por el chaqué en sí, sino por el hecho de que Gregorio Prats, a diez, veinte, treinta, cuarenta…e incluso mas años de su boda, aún podía ponérselo y lucirlo todos los años por Navidad como si el tiempo se hubiera detenido ante el altar aquel lejano día feliz de 1958.

Especulaban mucho los amigos sobre el manifiesto hecho de que Gregorio Prats pudiera mantenerse en el mismo peso año tras año. Comía y bebía de todo, aunque, eso sí, con moderación. Pero a diferencia de los demás, no había manera de que engordara un solo gramo. Las damas lo comparaban con Fred Astaire o con David Niven. ¿ Había gato encerrado? Gregorio Prats atribuía su perenne esbeltez a algo tan sencillo como su paseo matinal, que consistía en bajar todos los días al puerto a pié, donde compraba un delicioso pan de centeno, para luego volver a casa, también a pié. ¿ Nada mas ? Sostenía el pintor Serrano que había un gimnasio oculto en el piso de la plaza Molina; y según el mal pensado historiador Manolo Mayol, llevaba faja, probablemente de señora. Tati Rivera por su parte, si es que algo sabía, no soltaba prenda.

Una vez al año, normalmente el domingo antes de Navidad, Gregorio Prats invitaba a cenar en el Finisterre a una docena de amigos varones. Ninguno de los invitados sabía a ciencia cierta la razón de tamaña prodigalidad, ya que nunca durante la velada mentó la Navidad. Lo mas seguro era que montaba la cena sin otro fin que el de lucir el chaqué del día de su boda, perfectamente conservado y planchado, ante la envidiosa mirada de unos tipos que, sobre todo a partir de cumplir los cincuenta, se podían clasificar dentro de un gráfico clínico del sobrepeso; abarcaría desde los rellenitos y los rechonchos, pasando por los fofos, hasta alcanzar los irremediablemente gordos y obesos. Gregorio Prats siempre llegaba el último. Su entrada era todo un espectáculo. Un rumor de sorpresa contenida recorría el restaurante. La gente agolpada en la entrada se apartaba con sus bolsas repletas de regalos de Navidad para dejarle paso; los camareros le dedicaban una reverencia y Gregorio Prats, vestido de chaqué con un inmaculado clavel blanco en la solapa, seguía al maître hasta que lo acomodara en su puesto, la presidencia de la mesa.

– Caramba, Gregorio. Estás hecho un pincel, le piropeaban, u otras lisonjas por el estilo.Y es que era su noche: pagaba él aquellos banquetes inolvidables y solo faltaría que no le rindieran pleitesía. Si Gregorio Prats era el último en llegar,  también era el primero en irse, dejando a sus invitados saciados, achispados y, tras su marcha, un tanto perplejos, sumidos en la nada agradable sospecha de haber hecho el ridículo o, acaso de haber sido víctimas de un timo.

La cena no se celebró en el 2007, dado que Tita Rivera había muerto en el mes de julio. Al año siguiente, solo acudieron ocho supervivientes a la cena que, esta vez se convocó en una anodina marisquería de la calle Buenos Aires, puesto que hacía mucho que el Finisterre había dejado de existir. La irrupción en el local de un cadavérico anciano luciendo chaqué provocó estupor y alarma. Un camarero peruano echó a correr hacia la cocina y a una muchacha rusa de la mesa contigua se le escapó un chillido de esos que ponen los pelos de punta.

Un cáncer de páncreas llevó a la tumba a Gregorio Prats el pasado 28 de octubre, A ninguno de los escasos amigos que acudieron al tanatorio le sorprendió en lo mas mínimo verlo metido en el ataúd vistiendo, con refinada compostura, el célebre chaqué. Daba el efecto de ser mas bien el funeral del chaqué que el del muerto que iba dentro. El tenue ribeteado del clavel blanco en la solapa imitaba a la perfección el tono cabal del cabello repeinado y el bigotillo del difunto el día de su boda con Tati Rivera, allá por 1958.

Gracias a John William Wilkinson.

 

John Starling.

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¿PODEMOS?

Y LA SERPIENTE.

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Éramos pocos y ha llegado un salvapatrias. Y como todos los que salvan al pueblo de sí mismo, ha venido con la verdad del Mesías, repartiendo carnets a unos y enviando a otros al ostracismo y, por el camino de hacerse un nombre, se ha permitido despreciar al presidente de los catalanes, asegurando que no es un interlocutor válido. “ ¿ Y quién es él para decirlo?” , nos preguntaríamos si todavía fuéramos inocentes.

Pero como hace mucho que no lo somos y ya sabemos que en el tiempo de la crisis, triunfan los vendedores de humo, nos ahorraremos las preguntas retóricas. Él es el hombre que ha venido para salvar al pueblo de la casta, del poder, de los de siempre, impoluto con su nombre de vieja gloria socialista, su estética hipster-revolucionaria y su verbo incendiario que todo lo envía al fuego purificador. Y, como no podía ser de otra manera, ha aterrizado en Catalunya y nos ha dicho lo que podemos y lo que no podemos hacer, felizmente investido de comisario político de la lucha catalana.

Sobre lo que podemos, parece que podemos hacer la consulta, dado que el simpático Che Pablo nos da licencia vaticana. Sin embargo, como pasa siempre en las absoluciones, la cosa tiene letra menuda porque podemos preguntar por la independencia, la soberanía y etcétera, pero no ejercerlo, no fuera caso que pusiéramos en peligro la sagrada unidad patria. Es decir, Pablo Iglesias encuentra normal no pagar las deudas públicas, cargarse la banca, hacer saltar por los aires el mundo financiero y estrujar al conjunto del sistema como un calcetín, todo, menos que una nación milenaria se vaya si lo decide democráticamente. Es decir, el hombre que alza la bandera contra la casta, resulta que actúa como una casta de manual cuando habla de España, cuestión que, como dijo tiempos ha Josep Pla, siempre une a derechas, izquierdas y extremos. De hecho, nunca Catalunya ha encontrado apoyo en las izquierdas españolas, cuando se ha tratado de la cuestión de la unidad, de manera que Pablo Iglesias no hace nada mas que rendir homenaje a sus ancestros. Revolucionario, pues, excepto sobre las naciones históricas, donde se da la manecita alegremente con los encorbatados de Ciutadans. Y es que España no es una realidad política, sometida como cualquiera a los designios ciudadanos. Es un dogma de fe de la única religión que comparten creyentes peperos, laicos socialistas y ateos antisistema, todos ellos religiosamente españoles.

Ya tenemos , pues, el mapa al completo y, si había dudas, ya no quedan: el flanco del no se refuerza con la llegada de Podemos, o llámese Podem – aunque dicen que no podem –, en versión lemosina. Camacho, pues, y Rivera están ahora mas acompañados, pero será una compañía difícil, porque, en el mercado del populismo, los nuevos venden mas blanco. Respecto a Catalunya, ningún aliado por poniente, como siempre a lo largo de nuestra historia.

 Gracias a Pilar Rahola.

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No es estupefacción, lo que suscita, el líder de Podemos, es incomodidad, irritación. Vértigo a lo que dicen las encuestas. No es extraño que Pablo Iglesias haya sido descrito estos días en Catalunya como la nueva serpiente seductora y torticera, la última reencarnación de Lerroux, el nuevo Felipe González : un pico de oro falaz, el nuevo profeta del eterno engaño español.

El soberanismo confundió la postración política del PSC con la desaparición de su espacio político. “El PSC está muerto – escribí hace años – pero los deberes del PSC están por hacer”. Tanta alegría por la muerte del PSC por parte de CiU y ERC les impidió reflexionar sobre los espacios vacíos. No es el soberanismo el que se apodera del cadáver del PSC, sino Podemos. El catalanismo es muy fuerte y se ha recalentado, pero no abraza el país completo. La complejidad catalana no se simplifica tan fácilmente. 

Gracias a Antonio Puigverd.

                                                      &

Podemos es un partido de laboratorio muy bien diseñado para rentabilizar a fondo el cabreo, con mensajes que quieren pescar votantes   de todas procedencias; Podemos es un artefacto que busca el poder como los que critica, a partir de un discurso que ha pasado de maximalista – rupturista a reformista moderado, con un barniz de radicalismo democrático que, en realidad, no altera nada importante, empezando por la monarquía; y Podemos es una organización sucursalista típica que, bajo la falsa retórica de “la nación de naciones” coloca la voluntad de los catalanes por debajo de un eventual “proceso constituyente español” y se ofrece, por lo tanto, como garantía a los poderes fácticos contra cualquier secesión. Podemos intenta articular y movilizar una franja de electores que en una muy reducida proporción se sienten atraídos por una Catalunya independiente.

Gracias a Francesc- Marc Álvaro.

                                                         &

Hay picos de oro por todas partes pero los que pululan por la izquierda política tienen características propias. Suelen ser enérgicos, seductores, se escuchan hasta límites de un narcisismo que no debería engañar a nadie, ( y que precisamente por eso funciona ) rentabilizan hasta la náusea lecturas en diagonal interpretadas de modo sectario y, con independencia de que sean santos, cínicos impostores o gente honestamente comprometida, prometen mucho mas de lo que pueden cumplir. En la mayoría de los casos, los picos de oro de izquierdas tienen vocación de capitán Araña ( que cuelguen carteles y pancartas los militantes ), provocan entusiasmos testiculares y vaginales espectaculares y, a menudo, cuando superan la fase de virulencia radical y chocan contra la realidad, defienden el cambio de opinión como signo de inteligencia para poder acabar en un gobierno pseudosocialista neoliberal o en un consejo de administración.

Gracias a Sergi Pámies .

 

John Starling.

“LA VENDETTA”

DEL BOTONES.

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Abrí las maletas, en el cuarto hacía frío. Se oía el televisor de la habitación de al lado y decidí poner música. Mientras buscaba los enchufes repasé las rutinas personales que definen las diversas formas de instalarse en un hotel: descorrer las cortinas, graduar el aire- casi siempre gélido-, mirar si hay Coca-Cola cero en el minibar, contemplarse desnudo en el espejo, buscar un cenicero o algo parecido. Al agacharme para conectar el ordenador, vi que bajo la cama asomaban unos zapatos. Eran unos mocasines de hombre, lustrosos y bastante nuevos. Si fuera una película indie, la mujer se los calzaría y andaría unos pasos con ellos hasta enamorarse de su dueño, sin conocerlo. O tal vez los oliera. Mucha gente olfatea su propia ropa cuando se la quita- y no la ve nadie- en un acto inconsciente de fetichismo; también huele la de sus parejas.

Me inquietaba aquello. ¿Es que la habitación estaba habitada? O no habían pasado bien el aspirador? Tener que soportar los zapatos de un desconocido venía a ser como compartir el cuarto. Estaba apunto de llamar a la centralita con la indignación de quien cree que ha pagado lo suficiente para no acabar en una habitación helada con unos postergados mocasines del número 44 bajo su cama. Pero entonces reparé en que podía tratarse de una de aquellas novatadas para probar el carácter del cliente, y serené la voz: “Debajo de mi somier están los zapatos pero no encontré el cadáver”…

Según relata Jacob Tomsky en su libro Heads in beds, que recoge su larga experiencia trabajando en hoteles, en uno de la Gran Manzana, los huéspedes prepotentes que llegaban exigiendo la luna se les asignaba la habitación 1212, en la que el teléfono nunca deja de sonar ya que su número coincide con el prefijo de Nueva York y recibe todas las llamadas de los huéspedes despistados que olvidan marcar el código para hablar con números externos. Era uno de los múltiples castigos que administraban a los clientes bordes, además de desactivarles la llave de la habitación cada dos horas.

En esa otra vida que se oculta en las tripas de un hotel, en sus sótanos y ascensores de servicio alejados de la rosa del room service, faenan sus verdaderos habitantes, los de lunes a domingo, un escuadrón de oficios encargados de que la maquinaria funcione aunque resueltos a jamás ser burlados. ¡Ay de a quien se le ocurra maltratarlos! Tomsky cuenta que en una ocasión, un botones escarnecido se pasó el cepillo de dientes del cliente déspota por el culo, y no contento, vertió un tapón de orina en su perfume. Cuando lo vio cruzar el hall para salir a cenar, tan arrogante como perfumado de orín, sintió un profundo regocijo.

Gracias a Juana Bonet.

 

John Starling.