RAMON LLULL ESTÁ VIVO

 

En el cielo escondido de mi vida disfruto ahora del centelleo de una constelación formada por brillantes estrellas de la espiritualidad catalana. Era algo que no me esperaba. Hace unos años, Catalunya y, en concreto, Barcelona me parecían demasiado ricas, demasiado posmodernas para que en ellas hubieran chispazos trascendentales. Pero sí que los hay y numerosos. Todo empieza por la estrella polar del monasterio de Montserrat. No obstante, a este fulgor se añaden otros resplandores: asociaciones, centros de enseñanza, medios de comunicación. Sobre todo personas: muchas personas y muy activas.

Cuando visité el Museo Nacional de Arte de Catalunya, me di cuenta de que esto venía de lejos. Aquellas figuras románicas con mirada de laguna serena entonaban un cántico gregoriano fantasmal cuyos ecos etéreos todavía se pueden escuchar en la actualidad. Entre esas hipnóticas imágenes medievales y la la grandiosa pirotecnia de la Sagrada Familia existe un rumbo de luz que no cesa. De hecho, Barcelona puede presenciar hoy en día la construcción de un templo deslumbrante que se erige a un ritmo pausado de catedral gótica: algo excepcional , quizá único en la Europa contemporánea.

Mi último descubrimiento en el ámbito de la metafísica catalana ha sido la obra de ese gran poeta, eminente profesor y ciudadano comprometido que es David Jou. Fue una sorpresa mas en ese rosario de asombros. Lo conocí en esa colmena de constantes iniciativas que es la Fundación Joan Maragall, cuya orquestra de patronos dirige la  batuta eficaz e inquieta de Josep Carbonillo. Y los ensayos, los poemarios de este científico me han obligado a organizar mis ideas sobre los rasgos de la espiritualidad milenaria que existe en Catalunya.

En primer lugar , llama la atención el hecho de que la fe catalana casi siempre tienda hacia grandes visiones del mundo y del cosmos, como ocurre en la obra de Jou. No se trata , pues, de una creencia provinciana, encerrada entre las cuatro paredes de sus ritos y costumbres, sino de un modo de recorrer la Vía Láctea. Cuando un catalán tiene fe, los ojos se le llenan de amplios panoramas y, al final, termina sujetando el universo entero en su mano, como le ocurre a la Virgen montserratina.

Por otra parte,  la espiritualidad de los catalanes acostumbra a ser ilustrada. Claro que esto pasa en otras zonas de Europa, pero también hay quien plantee una fe de la sencillez: una línea que valora la pureza de la ignorancia. En Catalunya, las cosas no suelen pasar así. Uno entra en el museo de Montserrat convencido de que le esperan cálices antiguos o casullas algo apolilladas, y sale deslumbrado por aquella admirable colección de arte. Lo mismo pasa con David Jou : en su obra, la cultura y la creencia mutuamente se alimentan.

Además, casi siempre la trascendencia catalana se transforma en acción social concreta. No se trata de una religiosidad conformista, parada en el tiempo, sino de una vivencia que conlleva procesos que aportan algo a la felicidad colectiva. Por eso, cuando leemos L’avinguda i el laberint, un hermoso libro de tonos cívicos, vemos al místico David Jou precipitado en el suelo de los problemas actuales de Catalunya. Incluso Montserrat, aparentemente tan distante del mundo, se conecta con la sociedad catalana a través de una infinidad de vasos capilares por los cuales circula la sangre viva de los problemas cotidianos.

Por último, el catalán tiende a ser serio, riguroso en sus prácticas espirituales . No muy emocional, como en el sur de España o en Italia, sino exacto y minucioso. La creencia catalana es una cosa pulcra: límpida y contenida. Esto se puede ver en la sobriedad de la poesía de Jou o en la exactitud de los gestos de los monjes montserratinos. También es posible comprobarlo en la correspondencia entre la doctora Magda Heras y el padre Ignasi Fossas, un libro conmovedor sobre la luz de los salmos ante la oscuridad de la muerte.

Lo curioso es que, disponiendo de una tradición espiritual propia tan interesante, la izquierda catalana a veces se lance sobre esta dimensión de la creencia dándolo dentelladas que, sinceramente, parecen cosa de león hispánico. Digamos que la progresía no es capaz de entender la oportunidad de diálogo que tiene ante sí. Y también no se da cuenta de que, hasta el momento, la cultura catalana ha aportado al mundo sobre todo amplias visiones espirituales: por ejemplo, la de ese mallorquín genial que fue Llull, las del prodigioso Gaudí o, incluso, los ingeniosos delirios de metafísica comercial típicos de Salvador Dalí. Si Catalunya articulara su hambre de futuro con sus viejos sabores espirituales , sería, en su conjunto, una enorme Sagrada Familia por todos admirada. En el año que se celebra el séptimo centenario de su muerte, uno descubre que, en realidad, Ramón Llull sigue vivo. Vivo en tantas personas que continúan hoy su aventura. Y esa aventura es horizonte de futuro, y no simple memoria pasada.

Muchas gracias a Gabriel de Magalhäes. 

 

John Starling.

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Un comentario el “RAMON LLULL ESTÁ VIVO

  1. Estimado señor. Me llamo Juan Sardá y soy periodista de El Mundo. Estoy interesado en contactar con usted para un reportaje que estoy escribiendo. Muchas gracias

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