A ERREJÓN Y A IGLESIAS.

No sé si superáis las eternas discordias relacionadas con algo aparentemente tan banal como el órgano de garantías, ni si les daréis la razón a los que afirman que os habéis alejado de la realidad reivindicativa que jurasteis representar para dejaros abducir por pijotadas endogámico – orgánicas. Sorprende que los mismos aduladores que os propulsaron hacia la cima del exhibicionismo telecrático actúen hoy como programas de entretenimiento deportivo y os despellejen a base de hipótesis recreativas sobre vuestro lenguaje no verbal. Al final tendréis que hacer como los futbolistas y entrenadores : poneros la mano delante de la boca y renunciar a toda espontaneidad susceptible de ser instrumentalizada por el peor sensacionalismo parasitario. Bumerán: los besos en el escaño se han transformado en ceños fruncidos.

A estas alturas habéis cultivado la suficiente discordia para que la escisión o la crispación sean inevitables. Cada cual arrastrará a sus adeptos y, siguiendo una dolorosa tradición atomizadora, acumulará siglas, purgas y deudas que, cuando de desinflen el celo teórico o el postureo mediático, querréis olvidar creando una coalición desesperada , como esos grupos de rock enemistados que vuelven para resucitar el negocio. Es la secuencia fatídica habitual: euforia justiciera, énfasis de una hegemonía en el discurso que crea inevitables delirios y turbulencias personalistas, escisiones y, al final, la típica coalición de supervivencia. Pero como alguna vez os habéis proclamado herederos del internacionalismo de izquierdas, os contaré una escena que tuve la desgracia de vivir muchas veces. Camaradas de combate y hermanos de compromiso unidos por una misma causa que, arrastrados por el tipo  de obstáculos aparentemente insalvables que hoy os obligan a adoptar expresiones teatralmente mefistofélicas y rasputínicas , se acababan peleando a causa de un guión marxista – leninista  o de cualquier otra chorrada.

Quizás porque todos eran ateos, las peleas eran bíblicas y degeneraban en abismos dogmáticamente religiosos. De moda que los hermanos, camaradas y amigos dejaban de serlo por decreto orgánico y de repente sus hijos perdíamos el afecto de parte de la tribu. Y así, de escisión en escisión, de congreso en congreso , de coalición en coalición, hasta la derrota final. Pero, pasados los años, un camarada de los que inspiraron el compromiso común cuando todo empezaba fallecía. Era un camarada que no estaba lo bastante preparado para pertenecer a la elite elocuente y mediática pero sí para dar sustancia moral a las siglas. En los funerales , los escindidos., los peleados, los hermanos de cárcel, huelga y exilio se reencontraban. Se reconocían en el dolor por la ausencia y si aún les quedaba algo de decencia, se abrazaban al salir de tanatorio, como harán Errejón e Iglesias cuando coincidan en el funeral de uno de sus actuales hermanos de causa, se preguntarán: “¿ Tú te acuerdas por qué nos peleamos?”

Muchas gracias a Sergi Pámies.

 

John Starling.

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