EL POEMA DE LA TIERRA.

El otoño ha avivado sus colores con la lluvia, pero nosotros andamos medio apagados, a tono con la luz del día, como si nos fuera imposible regular el interruptor interior. Trabajamos y comemos a media luz, en una penumbra que hace languidecer al más optimista, al que se frota las manos para darse fuerzas así mismo, diciéndose “ vamos” igual que los deportistas. Los pies se nos calan, y advertimos los rigores de la intemperie. La desesperada existencia de aquellos que no pueden entrar en calor porque malviven sin un techo.

Mediterráneos que somos, estamos poco avezados en escuchar el  el agua repicando en el cristal , noche y día, de lunes a domingo. Miramos a través de la ventana con cierta desolación – y hasta casi con terror – cuando las tormentas rasgan el cielo y los nubarrones descargan con furia. Ni tiempo tuvimos de aprender a ser elegantes sosteniendo el paraguas, mimados por nuestro sol dorado e ibérico.  Lluvia a intervalos, chirimiris y calabobos, pero no esa repetición torrencial, parecida a una interpretación de Glenda Goul, que resuena durante toda la jornada e impregna la vida de una humedad que nos hace sentir extranjeros en nuestras propias casas.

El ánimo se resiente con la grisura permanente del cielo, y aún más cuando no se está acostumbrado a hacer mermeladas de trigo o de membrillo con la chimenea chisporroteando de felicidad. Abrimos los ojos y sigue lloviendo, y no pensamos en lo bien alimentada que estará la tierra. Sólo los enamorados bailan bajo la lluvia, y únicamente los niños esperan con anhelo saltar en los charcos. Decía Steinbeck que “ uno puede encontrar tantos dolores cuando llueve”, y bien cierto es que la lluvia resulta una invitación a mirarse por dentro y detectar nuestras propias goteras. Además  nos trae el recuerdo de amores fallidos, de seres  que se fueron, de partidas que perdimos. Reflexionaba mi añorado Vicente Verdú que no es fácil saber qué es peor, si sufrir una gotera del vecino de arriba o producirla al de abajo. Cualquiera tiende a apartar de sí ese cargo, pero ¿ cómo no pensar precisamente que sin poder controlar nuestros propios enseres podemos controlar a otros de fuera?”. Ahora, gracias a la lluvia que cae, incesante, tan literaria en las novelas y tan prosaica sobre las ciudades, reconocemos las grietas que habíamos ignorado. Agua que nos iguala, nos hace más vulnerables o más melancólicos, nos recoge o nos aísla, nos aletarga y nos apelmaza. Pero, ah, ese instante después de llover, cuando todo parece reluciente, oloroso, puro, y rescatas aquel verso de Whitman: “ Soy el poema de la tierra, dijo la voz de la lluvia”.

Muchas gracias a Joana Bonet.

 

John Starling.

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WILLY & COLETTE.

En la gran sala la película estaba llegando a su final. Me acerqué a su oído y le susurré: repite en catalán lo que te vaya diciendo. Vale, dijo ella. “ Jamás te diré : no vuelvas, por favor, mi placer es esperarte”. (Mai et diré…). “ Después de ocho años, he venido para quedarme”.( Després de vuit anys…) “ Me encantaría sumergirme contigo en un mar de suaves caricias, besos de baja intensidad y abrazos interminables. Te deseo.”. ( …i abraçadas interminables. Et desitxo ) . “ ¿ Puedo darte un beso?” (¿Puc donarte un petó? ) Sí, dije yo, y nos besamos.

Pudo  ocurrir y de haber ocurrido, sin ninguna duda, Willy y sobre todo Colette lo hubieran contado mejor…

 

John Starling.