¡ VIVAN LOS ANCIANOS!

 

Casi una fabulación: todos conocemos a alguien que aún ama a esa mujer ciertamente crepuscular. Él incluso la desea, se añora en ella…pero en realidad la recuerda; recuerda lo que fue, lo que ambos fueron. Un recorrido largo. Se recuerda a sí mismo. La memoria y un poco más. O poco menos. A plomo cae la pérdida, las perdidas, que se convierten, como la infancia, en la verdadera patria emocional cuando ya casi desaparecen todos los proyectos, las expectativas. El horizonte, el futuro anunciando la nada. El blanco. El cero. El tiempo ya nunca más  será un buen aliado  cuando nos ponemos en la secreta autonarración de nuestras vidas. ¡Uf! La sociedad lo pone difícil. Nos vemos desde fuera. Él la ve desde fuera, ella lo ve a él desde fuera. Se ven lejanos, en el borde del calendario. Los vemos lejanos. Sienten nostalgia de imágenes, fechas y celebraciones. Les queda su máximo botín: la memoria. La foto fija de nuestra soberanía íntima, el material consubstancial a las biografías. Se recuerdan, ella y él, con una mejor relación con su esqueleto, sus músculos, sus articulaciones. Con su cuerpo: la Moleskine de todos sus acontecimientos vitales. El cuerpo. ¡Ay, el cuerpo! La bitácora de las refriegas amorosas. Como cuando seguían a Lucrecio: “ Los amantes quieren comerse el uno al otro. Lo creen posible. Enloquecen”.

En el braille de la piel, las arrugas, los pliegues y el desgaste, toda la conmemoración de la vida. Su punto y coma. Su punto y aparte. Al microscopio, rastros y emociones, rutas antiguas y sus vestigios. En la corteza, en la piel, la memoria particular.

La vejez y su perfil positivo. Tengo delante la guía Com quedar –se  a casa quan s’és ancià, que publica la Comunidad de San Edigio.  Una ayuda para el sector de la tercera edad más penalizado, las personas enfermas, solas, pobres… Los más pesimistas tienen argumentos para volver a creer en el ser humano. La Comunidad la presenta bajo un logo que, bajo el perfil del signo de la victoria –la V, ya saben – , lleva la leyenda “ Visca el ancians” . Así , sin más, sin complejos. Ni eufemismos. Lluvia de mayo.

El y ella, los arriba citados, personajes de una ilustración, juntos o por separado, y todo un gran colectivo de ancianos son nuestro poso. Los cimientos de la tribu. El verdadero patrimonio. Y nuestra obligación.

Muchas gracias a Joan – Pere  Viladecans.

 

John Starling.

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